Viernes 18 de enero de 2008.
Hay que decirlo: Chillán y Ñuble no han estado demasiado consciente del conflicto del pueblo Mapuche, que tiene varias aristas, una de las cuales justamente lo ha conectado con nuestra zona, a partir del traslado de la activista Patricia Troncoso, a quien –como hoy informamos- están intentando derivar a la capital para recibir una atención médica más especializada por las graves secuelas que ya experimenta a raíz de un centenar de días en huelga de hambre por su situación judicial.
Luego, consideramos que es un deber de los habitantes de esta zona, interiorizarse por lo que acontece en la vecina Región de la Araucanía, escenario de un movimiento reivindicatorio que alcanza niveles intensos. Nos parece necesario mirar el contexto general de la problemática, incluidos los antecedentes históricos, antes de plantear opiniones. Es limitado entender el tema a partir de indesmentibles episodios en que la violencia ha sido la herramienta utilizada.
En los actuales sucesos vemos reflejarse la falta de una política clara y coherente de los últimos gobiernos sobre los pueblos originarios y en particular de la principal de las etnias, la Mapuche. Sería injusto decir que no ha habido avances, porque hay una lista no menor de iniciativas de apoyo, que van desde facilidades para acceder a tierras, derechos de aguas, becas y fomento para el emprendimiento.
Pero todos estos esfuerzos no han conseguido apaciguar la idea de postergación que las comunidades indígenas siguen reclamando. En este sentido, la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena, Conadi, no ha logrado dejar atrás la distancia que genera, por más que se haya elegido a descendientes de esta etnia para encabezarla. Ha faltado una sintonía mucho más fina para atender el principal elemento de permanente reclamo de este y otros pueblos, un trato con verdadera dignidad, dejando de hacerlos sentir que son una carga para administraciones que han heredado “el problema”.
Creemos necesario mirar la experiencia de otros países, donde se considera un privilegio contar con comunidades que mantienen vivas sus tradiciones ancestrales, y que representan un tesoro cultural que se cuida con esmero, y no por un mero interés turístico. En la medida que se entienda que además de lo social hay un aspecto profundamente cultural a rescatar, los escenarios serían otros.
Pero en el otro lado de la medalla, hay que decir lo preocupante que resulta ver cómo algunos pequeños grupos han visto en esta histórica batalla, un formidable caldo de cultivo para acciones violentas, un camino extremo que no representa a un pueblo que, siendo reconocido por su valentía a la hora de defender lo que creen justo, tiene una gran vocación por la paz, la armonía, lo cual se refleja incluso en los aspectos religiosos, que revelan la continua búsqueda de los equilibrios. No queremos ver a gente Mapuche encarcelada, herida o asesinada por defender su causa, pero tampoco deben ser los protagonistas de violencia, cuando aún quedan caminos para el diálogo pacífico, siempre que se den las condiciones para un mutuo respeto.
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