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lunes, enero 23, 2012

La bitácora de un tenor Pehuenche


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Miguel Angel Pellao (30) nació en Santa Bárbara, en la VIII Región. Se crió en un internado mapuche, donde lo único que hacía era cantar. Más grande, no dejaría de hacerlo: estudió en un conservatorio en Concepción y en la Universidad de Chile. Hace cuatro año partió a Pescara, en Italia, donde sigue con clases. Ahora, de paso por Santiago, se metió en la piel de Caupolicán y lo hizo cantar sobre el escenario.
por Carla Mandiola - 22/01/2012
Galeria La Bitacora de un Tenor Pehuenche
Lo castigaban. Lo mandaban más temprano a la cama o lo hacían correr descalzo por calles con piedrecillas. En el internado mapuche de Santa Bárbara, VIII Región, hacían eso con Miguel Angel Pellao, porque el chico insistía en lo mismo: nunca dejaba de cantar. Como era tímido, se metía bajo las mesas donde comían los 150 internos y, escondido por el mantel, entonaba canciones de Raphael o Mijares.

Pellao llegó a ese lugar cuando tenía tres años. Cuando su padre murió por un tumor cerebral y su madre -agobiada por una pobreza que la consumía en una habitación minúscula, con suelo de tierra- decidió poner internos a sus dos hijos. "A veces mi mamá nos decía que iba a ir a vernos, pero no llegaba. No tenía cómo avisar que no llegaría, porque trabajaba de asesora de un hogar. Con mi hermano mayor nos parábamos en la puerta y la esperábamos toda la tarde", recuerda Miguel Angel.

Muchas noches, para poder verla, se escapaban del internado, caminaban 20 minutos, saltaban un cerco y llegaban a su casa. Al día siguiente, se iban a la escuela.

De esos años, Miguel Angel recuerda que no le gustaban los juguetes. Le regalaron un auto a control remoto y lo guardó por años en su clóset. El regalo que sí usó hasta romperlo fue un casete de "Los grandes clásicos de la lírica", que le dio un belga que trabajaba en el internado. Miguel Angel se maravilló con el tenor español José Carreras. A sus nueve años lo imitaba con ganas. Ese sencillo juego infantil era una sinopsis de lo que después el pequeño pehuenche transformaría en oficio.

"Uno no se descubre a sí mismo, es el resto el que ve algo en ti", reflexiona Miguel Angel sentado en la terraza de una casa en Las Condes. Tiene una pieza allí. Se la cedieron los dueños de casa. La historia comenzó en 2001, cuando Salvador Barra y Marta Valdebenito estaban de vacaciones en una cabaña en Santa Bárbara y alguien les pasó el dato del chico cantor. A los 20 años, Miguel Angel seguía siendo un joven tímido, que estudiaba canto lírico en un conservatorio en Concepción. "Canté y ahí nació el amor, las ganas de ayudar. Ellos tienen mucho corazón, y me los fui ganando con el canto, que es lo que mejor sé hacer. Tengo 30 años y no sé otra disciplina", dice. Nunca más perdieron contacto, y fue a la casa de esta familia donde el tenor llegó cuando al año siguiente entró a Música en la Universidad de Chile.

Cuando conoció a los Barra Valdebenito, Pellao llevaba años cantando. Desde los 14 años vivía con su madre, asistía al liceo y aceptaba las ofertas para cantar. Muchas veces debió faltar a pruebas para presentarse en actos de la Municipalidad de Alto Biobío, pero el director del liceo le decía que no se preocupara. Ganó el Festival del Piñón cantando Fuego contra fuego, de Ricky Martin; y en otro concurso obtuvo como premio su primera guitarra. Se hizo conocido en su localidad, y el municipio con la gobernación le dieron en 1999 una beca para ir a Concepción y estudiar en el Conservatorio Vivaldi.

"Nunca pude terminar la carrera, porque la beca sólo duró tres años. Yo no tenía la plata para costearme los estudios, así que hasta ahí llegué". En 2002, apoyado por los Barra Valdebenito y otra beca, se vino a Santiago. Se matriculó en Licenciatura en Artes Musicales en la Universidad de Chile. Alcanzó a estar dos años. Dice que también fue porque la beca se extinguió.

La capital, en todo caso, lo haría cruzarse con otra persona que, como siempre le ha ocurrido, lo impulsó a un nuevo cambio. Ese fue Max Berrú, ex integrante de los Inti Illimani.

El miércoles pasado, hubo un concierto en el Metro Baquedano. La idea era promover el primer Festival Internacional de Opera Laguna Mágica. La soprano Sarvia Navarrete y el tenor Igor Concha llegaron puntuales a las 11 de la mañana. Miguel Angel, el tercer convocado, llamó excusándose y apareció una hora más tarde. Caminaba con dificultad, porque dijo que se le olvidó ponerse calcetines. Tomó Coca Cola, que según él "hace bien para las cuerdas vocales". Durante la presentación, recibió aplausos.

Cuando está en Santiago, siempre se queda en la casa de su matrimonio amigo. Donde los Barra Valdebenito se siente cómodo. Circula con polera, shorts, sandalias. De improviso llega la hija de los dueños de la casa con sus propios hijos. Ella lo saluda cariñosamente. Las dos niñas adolescentes, también. Sólo el más pequeño, que bordea los cuatro años, mira al tenor y se esconde detrás de las piernas de su mamá, tapándose la cara. La madre del niño rubio sonríe y, medio en broma, dice: "Pobrecito, se asusta de mi negrito". Pellao se acerca, toca con suavidad la espalda del niño, pero él se aparta aún más.

Luego, en la conversación, el tenor recordaría a Max Berrú. Lo conoció en 2002. El ex Inti Illimani era el dueño del restaurante "La mitad del mundo", al cual Miguel Angel fue una noche a comer con sus "padrinos" santiaguinos. Ellos le pidieron que cantara y Berrú quedó impresionado. Le pidió que cantara en su local canciones de Víctor Jara, Violeta Parra, Mercedes Sosa. Pellao aceptó. Y lo hizo por cuatro años.

Fue Berrú quien lo bautizó como "el tenor pehuenche". Ambos sabían que ser mapuche podía ser un sello distintivo dentro de la música docta. Sin embargo, dice Pellao, no siempre es grato: "En Chile valoran poco mi trabajo. Acá son muy racistas, muy discriminatorios. Cuando voy al banco, los guardias me miran por usar mi pelo largo suelto. En Las Condes, igual me miran feo. Cuando me junto con amigos me dicen que vuelva al pueblo, pero bueno... estas son las circunstancias de la vida".

Sabía que su carrera tendría otro vuelo si lograba irse al extranjero. En el restaurante había logrado ahorrar dinero. Eso, más la ayuda económica y la asesoría de Berrú -quien vivió 15 años exiliado en Italia- permitieron a Miguel Angel partir a Europa en 2007. El pasaje le costó $ 1,3 millón. Pellao nunca había visto tanto dinero junto.

No dudó en partir. "Yo ya tengo el cuero de chancho. Me voy y no me importa. ¿Qué es lo peor que me puede venir?, un poco de nostalgia. Me he sabido adaptar, porque yo ya vengo de esa situación: vengo de pasar hambre, de estar falto de afecto, de una familia pobre, de aperrar mucho, de saber buscar".

En Italia tuvo que aprender un idioma completamente nuevo, sin tomar clases. Al llegar, sólo sabía decir gracias y buenos días. Se instaló en Pescara y entró a estudiar canto lírico en el Conservatorio D'Annunzio. Aún le quedan dos años de clases.

Gracias al contacto de Berrú, en Pescara conoció a Michelangelo di Mauro, quien lo alojó en su casa el primer año. Además, le consiguió una visa para que el tenor se quedara en Europa sin problemas. Pellao ha cantado a Verdi y Puccini, se ha presentado en distintas ciudades italianas, ha aparecido en la RAI. Hoy se gana la vida por su cuenta: vive solo, realiza conciertos privados, lo invitan a coros. No tiene mánager.

La semana pasada, Miguel Angel Pellao participó en el musical "Corazón Mestizo". En el escenario dio vida a Caupolicán, quien canta versos de La Araucana. Para inspirarse, visitó la estatua del famoso indígena en el cerro Santa Lucía. Quedó impactado. No le pareció un mapuche: no corresponde la vestimenta, está con un arco y una flecha y usa aros. "Me da risa y rabia ver cómo los turistas se sacan fotos con esa estatua, sin siquiera preguntarse por la verdad".

Respecto del conflicto mapuche, Pellao dice que "es un tema delicado, porque no hay una solución concreta para algo que debería ser fácil de solucionar. En el gobierno no escuchan y en el otro lado piden, piden, piden y no tienen respuestas. Los mapuches están dispuestos a llegar a un acuerdo, pero como continúa el conflicto, ya hay muchos muertos. Hay mucha violencia. Los chilenos son discriminadores, creen que los indígenas somos borrachos, terroristas, flojos, cabezas duras. En el fondo, no quieren saber la verdad".

Los primeros tres años que vivió en Italia, Miguel Angel no pudo viajar a Chile. No podía financiar esos viajes. Ahora vino por tres meses, con permiso de su profesor en Pescara. Vino para presentarse en lugares como Panguipulli y Santiago. Y también para ver a su madre, quien aún vive en Santa Bárbara.

Dice que le encantaría que ella conociera Italia. La ha invitado, incluso. Pero no ha tenido éxito: doña María Pellao les tiene miedo a los aviones.S
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